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Lo privado

Lo privado

Un suceso de hace pocos días me ha hecho repensar en el valor de lo privado.

Creo que era algo que tenía tan claramente protegido, que había olvidado lo mucho que vale para mí, lo inaceptable que se me hace perderlo.

Estoy viviendo desde hace unos meses en Espana y veo que las primeras impresiones en relación a lo privado me son confirmadas cotidianamente. En este país se respeta poco lo privado. Es completamente natural que la vecina esté al tanto de tus idas y venidas, que controle tus pasos en la escalera, que sepa detrás de qué armario de tu casa está el contador eléctrico. Es normal que el círculo de amigos de tu novio te sorprenda sabiendo de ti mucho más de lo que hubieras querido contar. No sorprende, a menos que se trate de algún nuevo habitante como yo, que una tercera persona intervenga en favor de alguien con quien has tenido una discusión creyendo que ésta quedaría entre los dos. Al encender la televisión, finalmente, veo todos los días cientos de personas vender cotidianamente sus vidas, en el mercado ansioso de lo privado. 

Casi cada día, el derecho a tener un espacio estrictamente propio, hablo de un espacio virtual más que físico, es invadido alegremente por alguien. La mayor parte de veces no es desagradable, uno lo toma bien, uno siente que pertenece a un grupo social y hay una fracción de exhibicionismo que es satisfecha. Uno llega inclusive a asumir que actúa para ser observado.

Algunas otras veces, uno queda vaciado, cuando el correo del trabajo es minuciosamente revisado, por ejemplo. Y las opiniones, los sentimientos, las fantasías que corresponden a instantes fugaces de tu vida, pero que afortunadamente no son tu vida, así como tantas cosas de las que toda persona puede secretamente alegrarse, arrepentirse o avergonzarse, quedan expuestas.

He salido de vacaciones y alguien me ha dicho que ha abierto mi correo electrónico. Una sensación de impotencia y de compasión me invade por momentos, cuando imagino que mientras paso estos días con mi familia, este alguien conoce letra a letra los sentimientos de mis amigos, de mi madre, de mis hermanas, y viola los míos tal vez una vez por día, tal vez no, tal vez más.

Al inicio sentí mucha rabia. Pero como alguna vez hice lo mismo por celos y por inseguridad, asumo que en esta ocasión me ha tocado estar del otro lado. Sin embargo intuyo que en este caso no hay el atenuante de delito pasional. Creo que es algo cultural, un cierto desprecio por el dominio individual, la idea de que se tiene derecho a saberlo todo, el chisme como algo establecido en una sociedad que con frecuencia hace de la vida privada de la gente una especie de carro~na.

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