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03/08/2006
prisiones
Algunos elegimos prisiones. Muchas de esas prisiones comienzan a determinar nuestras vidas. A través de la repetición me voy dando cuenta de ello. Mi tesis es una prisión por ejemplo. Lo curioso es que desde hace siete años siempre he tenido tesis que escribir. Nunca he intentado buscar una beca (sí, una sola vez, pero no me la dieron). Me gusta el sacrificio, el aprisionamiento de tener que conseguir las cosas por la vía más difícil. Cuando algo llega fácilmente a mis manos creo no merecerlo. No sé por qué.
Tal vez es porque vengo de donde vengo, porque en mi lugar de origen nada es nunca fácil, y si lo es, es sospechoso.
Ayer veía en todos los canales, en todas las lenguas, las noticias sobre el inicio del fin de Fidel.
Parece demasiado bueno, no su fin físico, claro, después de todo se trata de una vida, sino el fin de une imposición de cadenas, seductora y excesivamente larga.
En fin, a veces uno elige las prisiones porque no sabe qué hacer con la libertad.
curioso. Escribía el penúltimo post al lado de un muchacho que acaba de levantarse y pasar enfrente mío.
Llevaba un polo con la cara del Che y marcado en rojo "REVOLUCION".
Sí, qué fácil es la revolución desde una silla de la lujosa Biblioteca Nacional de Francia, fácil cuando no se tiene la policía encima por el permiso de residencia, fácil cuando no se tiene que volver cada once meses al triste país, pagar más de mil euros en permisos de salida y estar obligado a volver, once meses más tarde después de haber trabajado y estudiado durante todo el puto año sin parar. El precio de hacer una tesis aquí para un cubano.
Fácil cuando lo que uno quiere ser o hacer está al alcance de sus manos y depende casi únicamente de tu voluntad. Fácil es desear la revolución para el otro, mientras no sea uno el que se muera de hambre. Qué romático suena oír que en Cuba se han comido durante años sólo pomelos y coles (pregunten a un cubano de cuántas maneras se puede preparar un pomelo). Qué héroes los cubanos, todo lo que hacen por sus ideales. Fácil es la revolución desde París, Madrid, o aún Lima. Salud por ella, peor eso sí, con un Cuba Libre.
07/08/2006
Los Berkman se separan

Y se ponen insoportables.
Estamos en el escenario cliché de una familia de intelectuales estadounidenses de izquierda. Madre super talentosa, escritora, liberal. Padre ídem.
El típico ambiente universitario estadounidense de tantas otras pelis aparece aquí, en menos interesante, en totalmente previsible. Si en Wonder Boys está muy bien presentado, aquí, la pálida copia del profesor de talleres literarios y la alumna sexy que le alquila un cuarto es patética.
Desagradable también el maniqueísmo que intenta ponernos de un lado o del otro del ring. Al final uno queda acorralado entre una madre infiel pertinaz y la tacañería de un padre por demás arrogante.
El matrimonio de los Berkman parece resumirse a una mezquina repartición de objetos: éstos son mis libros, los escondo mientras duermes para que no me los robes. Del amor de antaño queda un gato, primero objeto de disputa y que al final nadie quiere.
Lo único interesante: los hijos, pero aún allí, algo fácil la cosa ésta de situarlos cada uno con el padre que le va.
En fin, mejor hacer otra cosa un domingo por la tarde.
09/08/2006
Café Lumière

Tengo una debilidad por las películas japonesas.
Esta película, vista ayer a las once de la mañana es una verdadera delicia.
Yoko, una joven periodista, hace una investigación sobre un compositor taiwanés que vive unos años en Japón en los años treinta.
Yoko vive sola, prepara su comida, lee, sale con sus amigos, viaja a ver a sus padres. Está esperando un niño. El padre vive en Taiwán pero ella no quiere casarse, ni vivir con él, ni nada de eso. Sale de su casa, oye música, pedalea en bicicleta, sueña, viaja en tren.
El motivo del tren comienza a cobrar importancia. El tren que la lleva de Taiwán a Japón, de la ciudad a la casa de sus padres en el campo, en el tren cruza a su amigo una y otra vez. Encuentros, desencuentros, partidas, llegadas, sonidos, silencios.
Del minucioso recuento de actividades cotidianas, vamos pasando, imperceptiblemente a la magia de una sucesión de momentos poéticos, como en un café de luces tenues.
12/08/2006
relatividad

Hoy leo que los españoles se endeudan por cincuenta años para tener casa propia. Que tener casa propia es una cuestión de prestigio, un vía crucis obligado.
Envío la noticia a Stéph, que busca departamento en París. Desde hace unas semanas, cuando un agente le llamó para ofrecerle un studio, hemos organizado visitas, hemos llamado a muchos propietarios, mirado anuncios de agencias y visto muchos lugares. De todos los sitios, uno sólo parecía interesante, pero la calle estaba llena de yonquis y el vecindario daba miedo.
Hace como una semana, Angel y Cris nos han invitado a cenar. A hora y media de París, frente a un inmenso jardín, nos debatimos todos entre el espacio y el tiempo.
Se trata siempre de eso. Siempre la misma cuestión, qué vale más para uno, a qué se puede renunciar todavía. Cuál es nuestro mínimo indispensable: ¿el espacio?, ¿el tiempo?
Angel quiere mudarse a París. Cris no quiere renunciar a una casa grande. Stéph quiere no tener que viajar a su trabajo durante una hora cada día. Por ahora, yo me contento con lo que me toca, pero sé que no va a durar.
El espacio: donde deja uno sus marcas. Donde deja uno su huella indeleble.
El tiempo, donde uno es y deja de ser. Donde la transformación es la constante.
13/08/2006
real life

Gabriela se ha comprometido con uno de los chicos a quienes tiene locos. No me ha preguntado lo que pienso, sólo me lo ha comunicado y me parece bien.
Esta cuestión de las generaciones y de los compromisos que se van adquiriendo siempre me ha parecido curiosa. Tal vez porque soy una insensata y porque siempre me gustó, o me salió actuar de manera inesperada (y por lo general equivocada). El hecho es que las cosas se van encadenando, la seriedad se impone, y voy sintiendo cierta nostalgia de las cosas que no hemos hecho.
Para este post voy a poner algo rojo...
15/08/2006
Fed up

Cuál es el lugar de cada quién en el mundo, dónde y con quién debe uno relacionarse.
Amo la literatura pero no quiero rodear mi vida de ella.
Hasta hace unos meses la vida literaria estaba presente en cada circunstancia. Junto a las noticias que leo religiosamente, había una lista de blogs de visita obligatoria. Y así, más que de literatura, estaba al tanto de líos literarios.
Hace muchos años, cuando era más joven y escribía, estaba rodeada de amigos escritores, aunque poco hubiesen escrito. Sentía placer al comentar un libro, al recibir consejos, al observar a la gente dar rienda suelta a su extravagancia, salir de bares y embriagarnos, contarnos historias sobre unos y otros y repetir todo eso al día siguiente.
Lo mismo se reprodujo en Madrid, pero con gente ya mayor, cuyos intereses y necesidades eran más reales. A pesar del infinito placer, de las risas y de los estupendos encuentros, tengo la sensación de haber encontrado sólo gente profundamente insatisfecha, como yo misma. Un espejo algo triste, donde más allá de la buena onda que todos intentamos destilar, hay mucha frustración, hay mucho ego, hay mucha intolerancia.
Me envían la carta de un poeta -uno de esos patéticos mailings de algún ignorante que cree poseer la verdad-, que lleno de odio, o más bien de celos, intenta denigrar a un colega suyo. Y tengo una sensación de hartazgo.
La literatura no es el terreno para dar libre albedrío a la miseria íntima. A no ser que a partir de ello, uno produzca algo. La literatura no es un ring para los arreglos de cuentas, no es una piscina donde para no ahogarse uno tiene que hundir la cabeza de quien nada al lado.
La literatura es la única cosa que me hace verdaderamente feliz, mi única certeza. Le tengo fe a la literatura como territorio íntimo, como placer solitario. Y por eso, desde hace algunas semanas, he decidido abrir las ventanas, dejar correr la brisa. No he vuelto a ver los blogs, no he querido saber más de chismes, me he puesto a leer más y mejores libros, a seguir preparando mi tesis, a tratar a mis amigos escritores con cariño, a preguntar por sus sentimientos, no por lo que están escribiendo.
23/08/2006
afuera!

Hoy salgo hacia la biblioteca. Compro el Libération que he visto un poco en Internet. Tomo el bus que me deja cerca del Sena y una vez allí camino hasta llegar a la François Mitterrand. Mientras leo, una tristeza infinita se apodera de mí. El asunto de los indocumentados ha comenzado a cubrir las primeras planas desde hace ya una semana. Una multitud que ocupaba un edificio cerca de la universidad de Cachan ha sido expulsada y la mayor parte de ellos, sin papeles, son ahora perseguidos por la policía.
En los foros, en la calle, en la televisión, en El País de ayer, la cuestión de la inmigración por necesidad se lee, se oye, se comenta.
Qué hacer con gente que no le tiene miedo ya a nada? Si se ha abandonado todo, si se ha cruzado el mar sobre una llanta, si se ha visto morir a compañeros de viaje, a qué se le puede temer ya? Sólo queda la supervivencia. Y la gente que llega a España, a Francia, al Reino Unido, es gente que quiere seguir viviendo, que quiere la dignidad de comer una vez al día.
El problema es grande y complejo, lugar común inevitable. Leyendo a Ulrich Beck, me doy cuenta, cada día más, de lo inútil que es cerrar los ojos ante lo evidente, aferrarse a categorías conceptuales que no se aplican ya al hoy sin fronteras, al hoy donde cada uno de nuestros actos afecta al otro, donde nuestras elecciones, nuestros errores repercuten, quién sabe no al costado, pero tal vez más allá, donde creíamos que no era nuestro territorio.
Mientras Sarkozy se aplica a poner trampas y a expulsar a gente instalada en Francia desde hace más de diez años, ilegal, pero teniendo hijos aquí, que hablan francés, que comen en francés, que aman (tal vez) ya este país, la realidad se impone como algo nuevo, como una situación amorfa que escapa a leyes sólo válidas para estados que se definían bien, que comenzaban y terminaban en una línea roja. Hoy, las medidas de Sarkozy o de tantos Ministerios del Interior, son cosméticas. Qué son diez familias expulsadas frente a 30 000 personas que viven aquí, que trabajan normalmente, que consumen en los supermercados, que tienen hijos, que alquilan departamentos, que escolarizan a sus niños, que se compran un auto, que comen, duermen y festejan en Francia? Es como querer apartar cientos, millares de moscas de un pedazo de pastel.
Traduzco unos párrafos de Qué es el cosmopolitismo? de Beck, para el placer de todos aquellos que creemos que en este mundo, que es de todos, si no ayudas a resolver el problema, éste terminará por venir a buscarte:
"En las metrópolis globales que son Nueva York, Londres, Rio de Janeiro, Berlín, etc., no se necesita buscar durante mucho tiempo para encontrar choferes, conserjes, mujeres u hombres de limpieza capaces de expresarse con facilidad en más lenguas que cualquier bachiller salido de liceos alemanes o franceses o cualquier diplomado de universidades estadounidenses. La transnacionalización del capital que está en todas las bocas, se duplica por una transnacionalización del trabajo poco remunerado, que en general no está percibido ni reconocido por lo que es: el modelo de un cosmopolitismo de la impotencia donde toda supervivencia implica un mínimo de cambio de perspectivas, de imaginación dialógica y de creatividad en la manera de abordar las contradicciones. Vivir en la contradicción, esto significa también que los migrantes, que en el mejor de los casos son tolerados, y con frecuencia criminalizados, son extremadamente funcionales, aún si parecen, en la óptica nacional, ilégítimos o ilegales." pp. 200-201.
24/08/2006
azar

Leo los anuncios del FUSAC esperando el autobús que me lleva a la Biblioteca y volteo por un breve instante. Veo unos zapatos familiares, un jean, un polo que conozco. Me acerco. El azar, las coincidencias, estamos en el mismo barrio, junto a François Mitterrand está el cine. Mientras yo iba a estudiar, él iba al cine.
Después me parece demasiado bueno, y pregunto entre risas: me has seguido ¿no?
Sí, desde la salida de mi trabajo, me ha seguido hasta Saint Michel, ha visto cuando me he comprado un panini, cuando he caminado mirando los escaparates, cuando he cambiado dos veces de idea para volver a la estación de Cluny y tomar el metro 10 hasta Austerlitz.
Ha visto cuando me he extraviado en los corredores de la C, cuando finalmente, saliendo, me he arreglado el sostén, aprovechando la soledad de los pasillos, cuando me he mirado en un espejo, y he salido cerca del Sena, cuando he cruzado los boulevares con el semáforo en rojo, cuando me he sentado junto a un pakistaní o indio, en la parada del bus, y cuando, finalmente, he deglutido el último bocado de mi almuerzo.
"No sabes por dónde caminas" oigo, y "vas demasiado aprisa". "He estado tan cerca, y nunca me has visto", "en ningún momento me escondí, y no me has visto". Me invade una total indefinición. No sé si reír o llorar. No sé si sentir temor o halago. Me río, pero son los nervios...
28/08/2006
septiembre

anda, deja que ...
que se come con miel ...
y tal vez
no tengamos mas...
y tal vez no seas tu...
31/08/2006
Ali Farka Touré

Paso mis días en la biblioteca. A veces, cuando hay sol y todo se presta al goce, tengo la sensación de estar quemando mi vida entre libros, de estarme perdiendo de lo mejor de todo. Cuando me pongo más razonable, me digo que esto es vivir y que me da placer, que el conocimiento es mi goce, aunque no lo sea para el resto.
Así que ayer consumí diez horas mas de mi life en la bella y lujosa Biblioteca Nacional de Francia, jurándome luego una cenita compensadora y una peli a la que le había echado el ojo.
Era un documental sobre Ali Farka Touré, mas que sobre él, sobre lo que él representa: un cruce de culturas, de etnias africanas, en una pequeña zona del Mali, donde la gente se muere de hambre.
Ali farka es un negro alto, viejo, que habla un francés a veces dificilmente comprensible. Toca la guitarra eléctrica y ahí es un verdadero genio. Sorprendentemente moderno, local, pero profundamente cosmopolita. Lleva relojes de oro, lentes dorados, le gustan los trajes de colores. Se ríe y su dentadura es perfecta, como la nieve...